Las familias cubanas y la herida abierta de una dictadura
Las familias cubanas y la herida abierta de una dictadura
Las familias siempre han tenido sus sombras, sus heridas, sus enredos profundos que se entrelazan y se perpetúan a lo largo de las generaciones. Pero lo que ocurrió —y aún ocurre— con las familias cubanas bajo el régimen comunista es algo distinto. No tiene comparación. Fue y sigue siendo una herida abierta que sangra desde hace más de seis décadas.
La dictadura impuesta por Fidel Castro y sostenida por el Partido Comunista no fue solo un proyecto político. Fue un terremoto emocional, un cataclismo espiritual, una invasión del alma y de los afectos que fracturó el tejido mismo del pueblo cubano. Sembró el miedo como método de control y cosechó la desconfianza como estructura social.
Yo lo viví. Era apenas un niño en los años sesenta, pero fui testigo del desgarramiento brutal de las familias. Vi con mis propios ojos cómo el amor se convertía en sospecha, cómo la ideología irrumpía en la mesa familiar como un verdugo. Vi hijos denunciar a sus padres para no ser castigados por el sistema. Vi padres que lloraban en silencio cada noche porque sus hijos habían huido para salvar sus vidas. Y vi, sobre todo, cómo el miedo obligaba a muchos a dejar de hablarse, a fingir que no se amaban, a callar lo más sagrado: los lazos del corazón.
Presencié “actos de repudio” infames, donde la dignidad humana era pisoteada en nombre de una supuesta revolución. Vi amigos perder la razón. Algunos se suicidaron, incapaces de soportar la presión del silencio, la asfixia del pensamiento único. Vi cristianos y santeros ser expulsados de la universidad por tener fe. Y aprendí desde muy temprano a callar lo que pensaba, a esconder lo que sentía, a caminar con la tristeza de quien sobrevive entre mentiras oficiales, mientras se repiten discursos vacíos y promesas que nunca llegan.
La educación y la salud en Cuba, presentadas como trofeos de la revolución, eran otra máscara. Todo era un teatro cruel: aulas sin libertad de pensamiento, hospitales sin medicamentos, escuelas donde no se enseñaba a pensar, sino a obedecer. Y en cada hogar, una escasez que iba más allá del pan: escasez de esperanza, de verdad, de oxígeno para el alma.
Más tarde, cuando al gobierno le resultó conveniente, cuando entendieron que los dólares de los cubanos exiliados podían sostener la economía moribunda, cambiaron el discurso. De pronto, lo que antes era traición, pasó a ser bendición. Se permitió —y hasta se promovió— el contacto con la familia del exterior. Pero no por amor, sino por interés. El dinero que antes venía de los “gusanos” fue convertido en una de las principales fuentes de ingreso del Estado.
Aun así, muchos cubanos en el exilio no volvieron a mirar atrás. Algunos porque ya no podían. Otros porque el dolor, la rabia, la humillación acumulada fueron más fuertes que el deseo de reconciliación. Porque la herida fue tan profunda, que el recuerdo mismo dolía.
Hoy, cuando el gobierno de Estados Unidos restringe las remesas a Cuba, muchos lo ven como un acto cruel que aleja aún más a las familias. Pero también es un intento —político, estratégico— de cortar una de las últimas fuentes de oxígeno que sostiene a un régimen anacrónico, ineficaz y destructor. Porque no es solo una dictadura que divide. Es una dictadura que mata. Mata lentamente, sin balas, pero con hambre. Mata con hospitales vacíos, con apagones interminables, con miedo y censura. Mata el alma.
Y yo, aún hoy, sigo viendo el miedo en los ojos de mis seres queridos. Hay familiares y amigos que no se atreven a hablarme, que no me escriben, no porque no me amen, sino porque temen que su amor les sea castigado. Y eso me parte el corazón. Pero los entiendo. Porque no son ellos quienes me separan: es la dictadura comunista. Ese es el verdadero muro. Esa es la cárcel.
Pero los tiempos están cambiando. Los astros lo anuncian. El destino se mueve. Y la dictadura se tambalea. Está llegando a su fin. Lo siento en el aire. Lo veo en los ojos del pueblo que ya no quiere fingir más.
Por eso, desde lo más profundo de mi ser, lanzo una invitación a todos los cubanos, estén donde estén: ¿Qué vamos a hacer cuando caiga la dictadura?
Porque ese día llegará.
Y cuando llegue, tendremos que mirarnos de nuevo.
Tendremos que aprender a hablarnos sin miedo.
A abrazarnos sin rencor.
A recordar que, antes que ideologías, religiones o partidos, somos un solo pueblo.
Una sola familia.
Y que nos toca, con humildad, con verdad y con amor, reunir los pedazos del alma cubana y reconstruirnos —juntos— desde la libertad.
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Carta abierta a mis hermanos cubanos, dentro y fuera de la isla
Queridos cubanos,
Las familias siempre han tenido sus heridas. Sus enredos. Sus silencios. Pero lo que ha vivido el pueblo cubano bajo más de seis décadas de dictadura comunista no tiene paralelo. No fue solo un régimen político: fue un cataclismo emocional, un proyecto de control absoluto que fracturó los vínculos más íntimos del alma cubana.
Yo lo viví.
Era apenas un niño en los años sesenta cuando vi, con mis propios ojos, cómo el miedo se instaló en las casas, cómo se volvió costumbre desconfiar de los tuyos. Vi padres denunciados por sus propios hijos. Vi hermanos pelearse, dejar de hablarse. Vi amigos de toda la vida convertirse en enemigos por diferencias ideológicas sembradas desde arriba. Vi cristianos y santeros expulsados de la universidad por tener fe. Vi personas quebrarse por dentro, algunos terminar en la locura, o presos, otros en el suicidio.
Y yo mismo aprendí a callar, a fingir, a tragar las palabras por miedo. Aprendí a vivir rodeado de mentiras.
Durante décadas, nos han repetido como un mantra que en Cuba hay salud gratuita y educación gratuita para todos. ¡Pero eso es una gran mentira!
La salud pública en Cuba es un desastre.
Los hospitales que atienden al pueblo están en ruinas. No hay medicamentos, los equipos no funcionan, las condiciones de higiene son inhumanas. Lo poco que hay está vencido, sucio, oxidado. Las cucarachas, los ratones y los insectos andan libremente por los cuartos donde deberían cuidarnos. Todo tiene olor a abandono, a peligro de infección, a desamparo.
¿Y la educación?
Dejó de enseñar hace mucho tiempo.
Las escuelas ya no educan: adoctrinan. Forman repetidores de consignas, no ciudadanos pensantes. Enseñan a temer, a mentir, a delatar. La formación espiritual, ética y cívica ha sido reemplazada por ideología barata y obediencia ciega.
Las fábricas se están apagando.
Las casas se están cayendo.
Los carros se están parando.
Los huecos en las calles se multiplican.
El pueblo se muere de hambre, sufre privaciones extremas… y lo más terrible: está obligado a callar o, si no, ir a la cárcel.
Cuando al gobierno le convino, permitió el contacto con la “familia del exterior” —pero no por amor, sino por dinero. Porque los dólares de los exiliados eran necesarios para seguir sosteniendo una economía moribunda. Pero muchos, con el alma rota, ya no quisieron mirar atrás. Demasiado dolor, demasiadas traiciones.
Hoy, cuando Estados Unidos limita las remesas a la isla, muchos lo ven como un acto cruel. Pero es un intento de cortar uno de los últimos respiradores que mantiene viva una dictadura que ha costado demasiada vida. Porque este régimen no solo dividió familias: sigue asesinando silenciosamente a un pueblo entero.
Y aún hoy, después de tanto tiempo, sigo viendo el miedo en los ojos de familiares y amigos que no se atreven a escribirme, a llamarme, a compartir una foto, un mensaje, un recuerdo. Y no los culpo. Los entiendo.
No son ellos quienes me rechazan. Es el miedo. Es la dictadura.
Pero algo está cambiando.
Los astros lo anuncian.
Y la historia también.
Por eso escribo esta carta.
Para invitarte, cubano, cubana, estés donde estés, a mirar hacia adelante.
¿Qué vamos a hacer cuando caiga la dictadura?
Porque ese día llegará.
Y cuando llegue, tendremos que volver a hablarnos. A abrazarnos. A perdonarnos. A reconstruir, con paciencia y coraje, lo que nos fue arrebatado.
Volveremos a mirarnos a los ojos sin censura, a hablar sin miedo, a ser una sola familia cubana —aunque pensemos diferente, aunque creamos en distintos dioses, aunque hayamos vivido historias muy distintas.
Volveremos.
Porque el amor puede más que el miedo.
Porque la verdad puede más que la mentira.
Y porque la libertad, una vez que amanece, ya no se deja apagar.
Patria y Vida.
Libertad y Unión para el pueblo cubano
Hector Othon
#CubaLibre #CartaAbierta #ElPuebloDespierta #SomosUnaFamilia #FinDeLaDictadura
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